Desde la década de 1840 la economía de Mendoza
se especializó en el engorde de ganado que era exportado a Chile. Por diversas causas, este modelo de crecimiento hizo crisis a fines de los años 1870 y, con el avance del capitalismo, se adoptó la vitivinicultura como núcleo central de la economía, proyectándose alcanzar producciones a gran escala de uvas y vinos para abastecer una creciente demanda nacional.


Ésta se originaba en la masiva inmigración proveniente de países de la cuenca del Mediterráneo, donde el vino forma parte de la dieta de la población, razón por la cual se pensaba que el mercado interno tendría un crecimiento prácticamente ilimitado. Todas las esperanzas quedaron entonces puestas en la promisoria agroindustria y los esfuerzos se concentraron en crearla, para superar la antigua actividad vitivinícola artesanal, de raigambre colonial.


Las políticas de incentivo a la instalación del viñedo capitalista fueron iniciadas a mediados de los años 1870, y profundizadas desde 1881. Estas políticas necesitaban, no obstante, de dos complementos esenciales: conexidad de la provincia con los principales mercados de consumo, lo que sólo se alcanzaría en 1885 con la habilitación del servicio ferroviario Buenos Aires-Mendoza; y oferta abundante de mano de obra para lograr la difusión de las nuevas plantaciones.


A fines de la década de 1880 los inmigrantes arribaban a Mendoza  de manera espontánea y la vitivinicultura local comenzaba a constituirse en un gran atractivo para los nuevos habitantes.


Hasta 1883 existían sólo 2.788 hectáreas de viña, de tradición tecnológica colonial (unas 1.000 plantas por hectárea conducidas por el sistema de cabeza), y asociada con otros cultivos (alfalfa, cereales). Entre 1881 y 1902, con la promoción fiscal, que eximía de impuesto territorial por 5 años a las nuevas plantaciones, se iniciaron unos 3.200 viñedos modernos que cubrían más de 20.000 hectáreas; hacia 1911 se superaban las 50.000 y, para 1914, más de 70.000 hectáreas se repartían en 6.160 explotaciones.


Salvo excepciones, los viñedos implantados entre las décadas de 1880 y 1910, fueron desarrollados con técnicas de plantación, conducción, poda y riego dirigidas a lograr sólo una gran producción. Los elevados rendimientos que se fueron obteniendo aumentaron la oferta de uva, que era vinificada casi en su totalidad.
El mercado de trabajo vitivinícola se amplió atendiendo la demanda generada por la difusión del viñedo, la instalación de bodegas e industrias vinculadas (tonelerías, destilerías, etc.) y los servicios de transporte.


La previa mención de la palabra contratistas nos introduce al conocimiento de actores sociales que han sido esenciales en el desarrollo de la viticultura moderna, capitalista, en Mendoza. Son ellos quienes implantaron los extensos viñedos que, en muchos casos, nos acompañan hasta el presente; y quienes se encargaron de su cuidado y de mantenerlos en condiciones productivas próximas al óptimo. Sin embargo, cabe hacer una distinción porque hubo en realidad dos tipos de contratistas en la viticultura mendocina: el contratista de plantación y el de mantenimiento, llamado este último, simplemente contratista de viña.


Los primeros, trabajadores a destajo, eran considerados, sin embargo, empresarios por la Ley provincial de Estancias de 1880, una figura que aseguraba plena libertad laboral al inmigrante europeo pero, además, satisfacía mejor sus expectativas y proyectos de vida, porque a fines del siglo XIX muchos inmigrantes preferían, con razón, el trabajo independiente a la vida de asalariado.


Sin perjuicio de sus posteriores itinerarios económico-sociales, generalmente ascendentes, esta figura lleva a postular que desde el mundo de los trabajadores, muchos inmigrantes sin recursos, sin duda mayoritarios, comenzaron su actividad en Mendoza por la vía del trabajo a destajo, lo que les permitió, entre otras cuestiones, obtener ingresos superiores a los asalariados, alcanzar con relativa rapidez la condición de propietarios y, en muchos casos, convertirse en empresarios del sector.


En numerosos contratos protocolizados se pone de manifiesto que los inmigrantes que se iniciaban como plantadores de viñas no disponían de otro capital que la fuerza de sus brazos.


Si a los ingresos habituales de los contratistas de plantación agregamos las modalidades de pago que convertían rápidamente en propietarios a muchos de ellos, se confirma que esta actividad era altamente rentable, lo que abrió la vía de un rápido ascenso económico y social para muchos de estos agentes.


Hacia finales de la tercera década del siglo XX sobrevivía una figura única, el contratista de viña.  Esto se explica porque el contratista de plantación desapareció cuando, por factores diversos y concurrentes, la expansión del cultivo se hizo más lenta. En 1929, un documento del sector empresarial destacaba que en los contratos de plantación extensos, de 9 o 10 años, el negocio era generalmente lucrativo, y “Muchos de los actuales grandes industriales de la provincia, fueron en su época contratistas que se enriquecieron...”, pero agregaba que “Esta forma [de contrato] está en desuso...”. Los contratistas de viña, en cambio, seguían presentes y, como se verá seguidamente, se convirtieron en elementos imprescindibles para hacerse cargo de miles de explotaciones, hasta que la gran crisis del viejo modelo vitivinícola iniciada a fines de la década de 1970 y los cambios tecnológicos y de gestión empresaria en curso han determinado la creciente disminución del número de estos agentes emblemáticos.


Posiblemente la actitud frente al riesgo haga nítida la diferencia del contratista de plantación con el contratista de viña, que sólo ofrecía la fuerza de sus brazos a cambio de un ingreso fijo y de una cierta proporción de las cosechas. Desde que comienza a aparecer este actor social, los contratos de mantenimiento del viñedo se pactaban con condiciones diversas, pero en general incluían cláusulas que fijaban una remuneración fija por año y por cada hectárea atendida, y un porcentaje variable del valor de la cosecha, que podía ser cancelado en especie o en dinero una vez efectuada la venta.


En 2008, el Instituto Nacional de Vitivinicultura informa de la existencia de 16.978 viñedos (no hay información sobre la cantidad de contratistas), que crecen en un proceso de recuperación de las dramáticas consecuencias de la crisis desatada entre fines de los años 1970 y la década siguiente, caracterizada por una fenomenal destrucción de cultivos. Ese crecimiento se hace, desde la década de 1990, con nuevas modalidades de tenencia de la tierra, mayoritariamente por administración, lo que implica que el tradicional contratista vaya quedando cada vez más relegado a los viejos viñedos en explotación. Y es lamentable que esta figura señera de trabajador emblemático, partícipe clave del desarrollo de la viticultura mendocina sea condenado a la desaparición,porque con el contratista de viña desaparecería una parte fundamental de la historia cultural, económica y social de Mendoza.

 Fuente : LA VITICULTURA MODERNA EN MENDOZA Y LOS CONTRATISTAS DE VIÑA COMO SUS PRINCIPALES CONSTRUCTORES
Rodolfo Richard-Jorba
CONICET y U.N. de Cuyo